
Sus ojos no miran:
son puertas de puro onyx
que abren el vacío.
Oro en penumbra,
su iris quiebra el día –
sombras de fuego.
No hay día ni noche,
solo el latido
de un farolillo de papel
que su pupila enciende.
Brilla tan hondo,
que hasta los sueños,
que hasta las sombra,
ebria de asombro,
deja de ser ausencia
y se vuelve destello.
Y cuando cierra los ojos,
el mundo no se apaga:
se vuelve porcelana,
mas frágil, mas fino,
mas brillante
por que ella lo sostiene,
como una taza de barro
que guarda el té de los dioses.
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